La luz que entra por la ventana alumbra mis gafas. Todo quieto, pero borroso. Sentada en la cama miro las zapatillas de casa, una al lado de la otra. Me las pongo y no las dejo de mirar hasta llegar a la cocina, donde levanto la cabeza por primera vez para prepararme el desayuno. Unas galletas, Nesquik y el zumo. Termino, y en la mesa quedan migas de galleta y unas gotas de leche.
Agua por las paredes, espuma y jabones. Mi reflejo en el espejo. Con los minutos contados para llegar justo a las 8:00 a clase, salgo de casa y llamo al ascensor. Parece que nunca va a llegar.
Lluvia y coches. Más adelante, lluvia y hierba. Llego a clase. Papel y bolígrafo para pasar la mañana.
El sol da más luz ahora, el suelo brilla, pero ya no llueve. Cojo el camino para volver a casa. Las gotas de agua todavía deslizan sobre la hierba, lo cual me indica que ha dejado hace poco de llover.
La ventana de mi habitación está abierta desde las 8:00 de la mañana, ahora entra más luz. Pero aparte de luz entra frío también, la cierro. Miro la calle tras el cristal. Hay coches circulando continuamente y el viento mueve las hojas de los árboles que poco les faltan para llegar hasta mi ventana.
Agua hirviendo. Las burbujas no me dejan ver la pasta claramente. Un poco de tomate para dar sabor y color. Llega la hora de los libros. Paso las hojas lentamente. Miro el móvil. Sigo pasando hojas. Poco a poco deja de entrar luz natural a mi habitación. Enciendo la luz para leer mejor. Los tonos oscuros se quedan fuera y es el turno de los cálidos y del descanso.
Agua hirviendo. Las burbujas no me dejan ver la pasta claramente. Un poco de tomate para dar sabor y color. Llega la hora de los libros. Paso las hojas lentamente. Miro el móvil. Sigo pasando hojas. Poco a poco deja de entrar luz natural a mi habitación. Enciendo la luz para leer mejor. Los tonos oscuros se quedan fuera y es el turno de los cálidos y del descanso.
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